Galería de Monstruos explora la relación física y mental del protagonista con su teléfono móvil. Cuando le envié el texto al primer actor que la leyó en vivo, lo primero que me preguntó fue: «¿Todos somos Odise@?» —«Es un triste texto autobiográfico 😭…», le contesté. Esta intensa dependencia es una condición que todos hemos experimentado en mayor o menor medida: las pantallas hoy en día están diseñadas para capturar nuestra atención sin descanso. No hay regulaciones, no hay límites y no hay control. Nuestra percepción del tiempo se distorsiona y nuestras habilidades sociales y cognitivas se empobrecen.
En 2017 tuve la oportunidad de leer Deep Work de Cal Newport durante un viaje de casi diez horas por carretera rumbo a unas presentaciones en el Festival Internacional de Teatro de Calle de Zacatecas desde Chihuahua. Justo en el capítulo donde Newport proponía la entonces “idea radical” de cerrar todas las redes sociales de inmediato, recibí una notificación urgente: un correo administrativo del festival me pedía verificar los 16 dígitos de mi tarjeta. Con la tecnología de ese entonces y viajando en carretera, debía cerrar una ventana para abrir otra y realizar la verificación… pero… ¡no lograba retener los números! Ni en grupos de cuatro.
Ese episodio me reveló lo que Newport advertía: la saturación de información fragmentada había disminuido mi capacidad de concentración y memoria. En el libro, un agricultor le contaba que había decidido no usar una máquina de cosecha porque, aunque terminaba mucho más rápido la jornada, dañaba las raíces de sus plantas. Esa máquina podría tener utilidad para cultivos que mueren tras la floración. Newport comparaba esa decisión con las redes sociales: si una herramienta empobrece los resultados, no tiene sentido utilizarla solo porque ofrece algún beneficio.
Después de aquella experiencia decidí cerrar mi cuenta de Facebook y empecé a implementar medidas para relacionarme con mis pantallas de manera más consciente. Descubrí que, en mi caso, el mayor potencial del celular como herramienta está en sus funciones esenciales: teléfono, radio y correo electrónico. No necesito tenerlo siempre cerca, nada nunca es tan urgente como para no llamar directamente o recibir una llamada. Al hacerlo, sentí que recuperaba habilidades cognitivas, tiempo y creatividad.
Con el paso de los años he observado cómo esta epidemia de atención fragmentada se expande de forma preocupante: miradas perdidas pensando en pantallas, o miradas fijas atrapadas en ellas. Newport advierte que los ganadores de la nueva economía serán quienes logren concentrarse. No es casual que los hijos de muchos programadores millonarios asistan a escuelas que sólo permiten libros, lápices y cuadernos: herramientas simples que sostienen la capacidad de atención profunda.
En Galería de monstruos, como en la vida real, el/la protagonista se enfrenta a la aceleración vertiginosa de imágenes interminables y monólogos de locura que dañan su estructura mental y su capacidad de concentración. Jason Lanier, científico infórmatico, lo expresa con crudeza: controlar la adicción al teléfono es como impedir que un perro se coma un pedazo de salami; los algoritmos están sofisticadamente creados para robarse nuestra atención.
La obra convierte esta lucha en ese espacio mental indeterminado de vigilia zombi como resultado del uso desmedido de nuestras pantallas: cada aplicación es un personaje, cada notificación un monstruo que invade cuerpo y mente. El escenario se transforma en una galería compartida, donde la batalla del protagonista se parece a la nuestra. El texto puede ser interpretado tanto por una actriz como por un actor para dar vida al protagonista y a los múltiples personajes que habitan dentro de sus aplicaciones.

Galería de monstruos está disponible en BIBLIOTECA para su lectura y descarga por tiempo limitado.
